viernes, 27 de diciembre de 2013

La fe, bálsamo contra el dolor

El siguiente texto es en realidad un comentario de un lector a la primera entrada de este blog, que además es la más visitada: http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2010/06/como-enfrentar-la-muerte-de-un-hijo.html#comment-form.
Su nombre es Juan, y llegó a este espacio virtual al ver que su esposa lo hacía, luego de perder a su único hijo. Tanto en esa ocasión, en que compartió su sentir el 26 de septiembre pasado, como ahora, creo que sus vivencia puede ser inspiradora para otros, por eso la publico aquí. 
Esta carta continúa en un nuevo post, pueden buscarlo en página mencionada, en la que comparten su alegría por la forma como su historia ha ido evolucionando..
Ad portas de un  nuevo año, siento con claridad que mientras el mundo se prepara a celebrar con alegría un fiesta, muchos están sufriendo la mayor agonía de su vida.
Para ellos, para ustedes, van estas líneas llenas de esperanza , fe y amor.
Luzma


Hola, Soy nuevamente yo, Juan, el esposo de Patty, padres de Isaías Benjamín, el bebe que partió el 4 de mayo.
Escribo otra vez por que quiero compartirles que día a día, Dios hace su obra en mi, soy sanado poco a poco, y poco a poco voy avanzando en el camino de la paz.
He leido unos cuantos comentarios de padres que han pasado por lo mismo que nosotros, y realmente es doloroso leerles, por que se lo que siente, pero a su vez, puedo darme cuenta del valor que tiene el CONOCER verdaderamente a Dios, y que tener una relación personal con Jesucristo es LO ÚNICO que puede sostenerte en los momentos más difíciles de la vida, y hacerte ver la existencia desde la genuina perspectiva de Dios. Dejar partir a un hijo, es lo mismo que dejar que se te parta el corazón, nadie que no ha sido padre, puede comprender realmente lo que se siente pasar una noche con un hijo agonico en un hospital, ver su cuerpo muerto luego de una autopsia en el servicio medico legal, y finalmente dejarlo en un cementerio para que lo entierren... Yo si lo entiendo, se lo que siente cada padre y madre al dejar a quizás "su único hijo" como el mio yo lo deje en el "campo santo"... volver a tu casa y ver sus juguetes, su cama, su ropa, los artículos para su baño, su mamadera... ufff, realmente hay que vivir que se parta el corazón para comprender el dolor de estos estimados padres que he leído aquí. Yo los entiendo, y por lo mismo quiero alentarlos con todo mi corazón, a que si quieren ser sanados como YO lo estoy siendo, entréguenle su vida al Hijo de Dios, Jesucristo, por que finalmente solo Él tiene el genuino poder para sanar todas las heridas de nuestra alma. Yo se que alguno me dirá o pensará !!Claro, si Dios existiera o me amara no se habría llevado a mi hijo!! pero yo les respondería, lo que le respondo a cada persona que sin conocer a Dios, trata de sentir lastima por mi !!Todos moriremos algún día, el asunto es que mi Bebe murió antes que yo!! por ende, no importa "tanto" como o cuando moriremos, sino más bien, si 1º aprovechamos la vida de la manera correcta, y 2º ¿donde iremos a parar luego de la muerte? Creo que eso es más importante y trascendente que quedarnos pegados en el dolor, que aunque es legitimo, si vivimos para él, jamás lograremos seguir viviendo. Unos me han dicho que con esta perdida, debía "aprender a vivir con el dolor", pero ¿saben que? yo desafío al dolor, por que yo no quiero "aprender a vivir con un dolor", yo quiero ser libre de todo dolor, y recordar a mi hijo, extrañarlo, aún amarlo, pero "SIN DOLOR", y ¿saben que? Dios me está sanando el dolor, lo hace minuto a minuto, y con eso me muestra que no el asunto no es tan solo "tener fe" como para autoconsolarme, sino más bien el asunto es "DONDE DEPOSITAS TU FE", Jesús me ha demostrado que es digno de ser depositario de mi fe, por que Él es aún más grande que mi propia fe...

jueves, 12 de diciembre de 2013

Luto en Navidad

Hace casi un año, escribí un post sobre cómo vivir la Navidad cuando tu corazón sufre por el hijo que partió (http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2012/12/como-se-siente-la-navidad-cuando-tu.html ) que te recomiendo leer.
Ha pasado el tiempo y si bien es cierto que la mayoría de padres/madres que lloraban a su hijo en ese entonces ya habrán dado el paso siguiente para superar en gran medida la separación que esa muerte supuso, y deben estar en el proceso de enfrentar la vida con espíritu nuevo, algunas de ellas tal vez aún tienen dificultades para convivir con la alegría ajena, con el mensaje del feliz nacimiento de Jesús, o con la simple idea de celebración, cuando aún se sienten víctimas.

Si esa es tu situación, si la depresión posterior a la pérdida de tu hijo(a) aún es parte de tu día a día y no encuentras el camino para salir de ese estado, este post es para ti, para quienes aún se resisten a la Vida, y permanecen en el dolor, en la búsqueda de un por qué, en la idea persistente de una injusticia irreparable.

Debo aclarar algo: si esperas que te dé una receta mágica que alivie tu pena y resuelva el tema con un final feliz, lamento decepcionarte, y no lo haré porque no creo en recetas infalibles cuando lo que tienes es el corazón roto. Al menos yo no conozco tal solución.  Y tampoco iré por el camino corto de decirte que hay quienes sufren más, quienes pasan por dramas peores que tú, etc., etc.  El dolor ajeno no disminuirá el tuyo y eso lo sabemos bien ¿cierto? Pero sí creo que hay aspectos que podemos tomar en nuestras manos y en ese sentido quisiera compartir contigo mi experiencia, dejando en claro que:
  1. Cada persona tiene un proceso diferente, propio y particular, y tiene derecho a sus tiempos, a superar su pena y encauzar su vida a su ritmo. Me pasó a mí y le pasa a otros (miles, millones  en todo el mundo).
  2. Sufrir, llorar, aislarse, renegar, deprimirse son maneras de reaccionar y atravesar la experiencia, preparándose para poder, un día, superarla. No creo en "pasar la página y ya". Al menos no funciona para mí. Le toca a los demás tener paciencia y acompañar en su dolor a quien sufre, de la manera como esa persona lo necesita, no como los demás creen que debiera hacer o como el calendario sugiere.
  3. Visto todo lo anterior, sí creo, y mi experiencia así me lo enseñó, que una cosa es vivir cada etapa del duelo y no huir del dolor, pero otra es pretender anidar en el sufrimiento, quedarse ahí de forma persistente (y masoquista) pues eso es dañino y no tiene ningún sentido, aunque sí una explicación: no sabemos cómo reanudar la vida sin esa parte tan amada de nosotros que murió, nos asusta la idea, y preferimos renunciar a ella. No sabemos cómo volver a vivir.
Creo positivamente que ninguno de nuestros hijos quisiera vernos sufrir mes tras mes, sin opción a sanar nuestro corazón destrozado. El amor que sentimos por ellos debe ser el motor que nos impulse a ser los padres y madres que nuestros hijos amaron (y aman, donde quiera que estén).

Un tema importante aquí es el de la fe o la espiritualidad que se tenga, pues eso constituye una gran diferencia
en la vivencia de un duelo. En este tiempo tan centrado en el nacimiento de Jesús, si crees en Él tienes un punto a favor: Si te pones a pensar, María, la mujer que aparece en el pesebre feliz y asombrada, como toda madre que contempla la maravilla de su hijo, comprende bien tu dolor, tu rabia, tu injusticia,  tu pena honda... pues ha sufrido lo mismo que tú sufres hoy. María es quien mejor te entiende.

Si eres capaz de creer eso y aceptarlo en tu corazón, entenderás que tu realidad no es única, no es ajena al resto del mundo. Es necesario hacer un esfuerzo por dejar de pensar en ti, en tu sufrimiento, y abrirte a la posibilidad de la curación de tu alma, a la oportunidad de volver a amar, de volver a compartir tus sentimientos, de volver a ser tú. Ten la seguridad de que nadie sonreirá en ese instante más que tu hijo(a), que sentirá que por fin, deja de ser motivo de lágrimas y vuelve a ser motivo de amor.

Si no crees (agnóstico o ateo, da lo mismo), la situación es diferente, y sólo te puedo decir algo: si no hay un después, si no crees en un Creador, lo que toca es guardar el recuerdo de quien tanto amaste, fuerte, muy fuerte en tu corazón, y continuar tu camino, pues esa será la única forma de que tu hijo(a) amado(a) siga viviendo: a través tuyo. Además, así como tú sigues viviendo, otros también, y la bondad que el amor dejó en tu corazón puede hacer una diferencia para ellos. Tú puedes hacer mucho, en memoria de ese amor.

Si te gusta leer, hay un libro muy pequeño y sencillo que trae recomendaciones muy prácticas, que te pueden ayudar: http://www.librolibro.es/libro/superar-la-tristeza-en-navidad/9788428530071. Algo que también puede ser oportuno, si te resulta difícil pasar el proceso pero aceptas la posibilidad de recibir ayuda, es buscar un terapeuta o un consejero que te escuche y te ayude a encontrar un camino adecuado a tu vivencia en particular. Muchas personas, sin embargo, se sienten incómodas teniendo que estar físicamente frente a un extraño hablándole de algo tan personal, y para ellos, o para quienes tienes dificultades de tiempo/lugar, una opción excelente es la de terapia online, pues se adapta a tu necesidad de tiempo, y te permite recibir ayuda sin salir de tu casa. Personalmente te recomiendo ingresar a http://www.fentpsicologia.com/terapia-on-line/ , es un excelente sitio web en el que psicólogos jóvenes y especializados pueden ayudarte y brindarte el soporte y acompañamiento que requieres, especialmente en estos días tan difíciles, sin necesidad de desplazarte o la tradicional cita en un consultorio. Puedes contactarte con ellos y ver si te acomoda.

Sea lo que sea que decidas hacer espero, de todo corazón, que decidas poner de tu parte un esfuerzo por empezar a curar tus heridas, y que en ese ánimo encuentres la forma para que estas fiestas sean más llevaderas y puedas vivir en paz este tiempo, que de seguro será difícil, usándolo para encontrarte contigo mismo, con tu dolor pero también con tu esperanza, con tus recuerdos pero también con tu presente, y así avanzar, día a día, para dejar de sobrevivir... y comenzar a vivir.

martes, 15 de octubre de 2013

Querida Meche, in memoriam

El día de ayer recibí una noticia sumamente triste: una amiga muy querida ha fallecido hace casi tres meses, y
yo recién me enteré. Ustedes dirán, bueno, era una persona adulta, mayor, es la ley de la vida, etc., etc., y es muy comprensible, pero para mí ha sido una noticia devastadora, no sólo porque era mi amiga, porque la quise mucho, ni porque fuera una mujer buena y generosa, como fue en verdad, ni porque sufrió víctima de una enfermedad dura e incapacitante. Me duele más porque fue una madre que se murió de pena.

La historia es corta y sencilla. A Meche la conocí cuando amabas teníamos dos hijos pequeños, éramos jóvenes y nos contábamos las cosas comunes en ese tiempo, cómo curarles el resfrío o la diarrea a nuestros niños, o cómo lidiar con los maridos. Era una mujer muy alegre, entusiasta, siempre con energía y ganas de sonreír. Se dedicaba a su familia y lo hacía con todo su amor. Fue una vecina excelente y una amiga genial. Poco antes de que yo me fuera de la ciudad, ella tuvo un tercer bebé, inesperado pero muy amorosamente recibido,  que completó su dicha: Gustavo. Luego de eso no tuvimos más contacto que alguna visita que hice a Piura en los primeros años, y luego una visita que ella me hizo como 20 años después. La vi rebosante de energía y felicidad, pues sus hijos estaban grandes todos y ella había retomado sus estudios universitarios iniciando una nueva carrera, seguía junto a su esposo, estaba muy dichosa.
Tiempo después me enteré que su hijo, el último, había sido detectado con cáncer y murió al poco tiempo, con sólo 22 años. Yo lo supe algo después, y le escribí. Yo había perdido ya a una hija pequeña, e imaginando cómo se sentiría, quise enviarle mi cariño y condolencias. Ella estaba muy tranquila y serena. Sé por ella misma que sufrió lo indecible, como toda madre que pasa por lo mismo, pero que afrontó su sufrimiento de una manera diferente: ella decidió no llorar. Se encomendó a Dios pero no lloró ni antes, ni durante ni después de la muerte de su hijo. Sin embargo, cuando con el tiempo, alguien le decía que era necesario que volcara su pena y desfogará su dolor, que era lo natural, ella trataba pero ya no encontraba la manera de hacerlo.
Me preocupó mucho algo tan particular, se lo comenté e incluso le hice algunas recomendaciones, pero nada me preparaba para lo que supe después. Un día me encontré con su cuñada, a quien conocía un poco, en un supermercado y me preguntó si sabía de mi amiga. Le pregunté a qué se refería y me contó que mi amiga estaba muy enferma, aunque no me lo había dicho: tenía un mal que le iba quitando el control muscular de su cuerpo, progresivamente, y aunque no tenía un diagnóstico claro, los pronósticos eran terribles. ¿Cuándo comenzó su mal? Poco tiempo después del fallecimiento de su hijo.
El pasado 8 de junio realizó su último post en el FB, pues al día siguiente hubiera sido el cumpleaños de su amado Gus. Se reunió con su hijo tres años después de verlo partir.
A Meche la enfermó la pena que guardó en su corazón, y que se apoderó de ella aún cuando ella ya no quiso seguir haciéndolo así. Ni los médicos en nuestro país y en el exterior, ni todo el amor de su esposo ni el de sus hijos que la necesitaban y amaban pudieron hacer nada.
En sólo dos años se fue una mujer buena como el pan, alegre y entusiasta. Sé que nunca dejó de sonreír ni de tener fe y confiar en Dios, y que sus amigos y familia estuvieron siempre con ella, pues su nobleza fue un imán para muchos, a quienes deja un gran recuerdo de amor, de fe y de entrega a los demás.
Pienso en ella y se me parte el alma de pena, pues creo que podría estar ahora gozando con su familia, si tan sólo hubiera logrado superar ese dolor que le carcomió el corazón. Creo que su historia no debía acabar así. Ella fue muy valiente para soportar su enfermedad, y la admiro, pero creo que en su amor trató de no mostrar su pena, esa profunda que no podía evitar en el fondo de su alma y se obligó a no llorar en lugar de vivir su pena, de gritarla, de arrancarla a pedazos de su alma hasta que un día pudiera verla cara a cara, y aprender a vivir con ella.
Llorar no es de cobardes, es de seres humanos que sufren. Y es parte del mecanismo de la vida, vivir el sufrimiento, para luego dejarlo ir lentamente, hasta que queda en una parte muy importante del corazón, pero... permitiéndonos seguir adelante.
Cuando perdemos un hijo, se lleva al partir todo nuestro amor, el que les dimos y el que seguimos sintiendo por ellos. Quienes nos necesitan son los que están aquí, a nuestro lado, y es por ellos que debemos hacer el esfuerzo de sobrevivir un día a la vez, haciendo que ese amor nos impulse a despertar cada día para luego, poco a poco, volver a aprender... a vivir.
Yo sé que mi querida Meche, luchadora como fue siempre, estaría de acuerdo en ayudarme a hacer esto público para que su historia no se repita, y que me ayudaría sin pudor en esta cruzada para que nadie más cause a sus seres amados, aún sin desearlo, el dolor que nosotros sufrimos, ese que no nos deja vivir y nos hace desear la muerte...
Si su historia le sirve a alguien, su muerte no habrá sido en vano.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hay para qué aunque no haya un por qué

Hoy recibí un comentario en el que un lector comenta que pese a su profundo e indescriptible dolor, y a lo difícil que le resulta lo mucho que extraña a su hijo, su separación le ha ayudado a ser más amoroso con su mujer y su hija. Yo no sé más de su situación y no pienso jugar a la "vidente", pero sí me parece maravilloso que él haya empezado a descubrir cosas positivas en medio de su pena.
Luego de responderle, encontré una historia muy inspiradora para los que creemos en Dios (realmente no sé cómo lo enfrenta una persona sin fe, atea) y por eso me animo a compartir con ustedes la idea y la visión que nos ha servido a muchos. La historia original se encuentra en http://www.renuevodeplenitud.com/.
Dice el relato que una familia había salido en una expedición de caza, y se detuvo para almorzar. Los niños jugaban a la sombra de un árbol, distantes de sus padres y del resto de los adultos del grupo. De repente, el padre de uno de ellos, pegó un salto y le gritó a su hijo: "Échate al piso" y éste lo hizo inmediatamente.
Todos se quedaron impactados al saber que una serpiente venenosa se había estado arrastrando por el árbol donde estaba el niño. Si lo hubiese mordido, habría muerto.
Sólo el padre del infante vio la serpiente, pero lo importante es que en medio de la emergencia obtuvo  la respuesta instantánea del chico ante su orden.  Cuando más tarde entre todos conversaban del suceso, el padre explicó que su relación era tan buena y basada en la verdad, el muchacho no vaciló ante la orden de su padre, pues confiaba en él y el padre contaba con ello.
Muchas veces nosotros pasamos por momentos de duras pruebas en las cuáles no entendemos nada, preguntamos "¿por qué?" y no obtenemos respuesta, porque no pensamos que Dios ve lo que nosotros no, y sabe lo que nosotros jamás podremos entender.
No siempre es posible saber lo qué Dios ha planeado para nuestras vidas, pero podemos hacer lo que hizo el hijo: confiar y seguir amando, sabiendo que Él está siempre listo para sostenernos y ayudarnos a enfrentar la vida, por más dura que se ponga.

Juan 15:4 "Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes".

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Estamos pensando en ellos o en nosotros?

Hace poco escribí que amar a veces es saber decir "adiós" (http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2013/06/amar-es-tambien-decir-adios.html). Quienes hemos perdido un hijo sabemos lo difícil que es y e el proceso de descubrirlo es largo y muy duro.
Encontré esta historia en la web. Tal vez le sirva a alguien (va con un abrazo).

LÁGRIMAS DE UN PADRE
Un hombre padecía lo peor que le puede pasar a un ser humano: su hijo había muerto.
Desde su muerte y durante años, no podía dormir. Lloraba y lloraba hasta que amanecía. Hasta que se le aparece un ángel en su sueño, y le dice:
-¡Basta ya de llorar!
-No puedo soportar no verlo nunca más- respondió el hombre.
El ángel le dice:
-¿Quieres verlo? Y al confirmarle que sí, lo toma de la mano y lo sube al cielo.
-Ahora lo vas a ver, quédate acá.
A una orden suya, empiezan a pasar un montón de niños vestidos como angelitos, con una vela encendida entre las manos.
El hombre dice:
-¿Quiénes son?
Y el ángel le responde:
-Son los niños que han muerto , y todos los días hacen este paseo con nosotros, porque son puros.
-¿Mi hijo está entre ellos? -preguntó el hombre.
-Sí, ahora lo vas a ver – le contestó, mientras pasaban cientos y cientos de niños-. Ahí viene.
El hombre lo ve, radiante como lo recordaba. Pero de pronto, algo lo conmueve: entre todos, es el único chico que tiene la vela apagada. Siente una enorme pena y una terrible congoja por su hijo. El chico lo ve, viene corriendo y se abrazan con fuerza, y entonces el padre le dice:
-Hijo, ¿por qué tu vela no tiene luz? ¿por qué no encienden tu vela como a los demás?
Su hijo entonces le responde:
-Papá, sí encienden mi vela cada día, igual que la de todos, pero..., ¿sabes? Cada noche tus lágrimas apagan la mía…

Cuando la muerte de un hijo nos golpea, algunos no queremos superarlo, no queremos aceptar lo inevitable, la separación que nada puede cambiar. Nos negamos a aceptar la realidad.
El tiempo no vuelve atrás y aunque el dolor es parte de la vida, a veces es tan terrible que uno pierde hasta el deseo de vivir.
Sin embargo debemos sufrir ese dolor y esa pena profunda sin olvidar que uno sigue aquí, y es por alguna razón. Poco a poco debemos esforzarnos por pensar en que debemos caminar hacia un día en que podamos secar las lágrimas y comenzar a mirar el mundo de nuevo con ojos limpios, no turbios por la tristeza, pero eso podremos hacerlo sólo si dejamos de pensar en nosotros y comenzamos a pensar en ellos.
Volver a vivir no significa olvidar o amar menos. Al contrario, significa hacer un esfuerzo grande para guardar por siempre en nuestro corazón nuestro amor, nuestra pena... y seguir adelante.

martes, 30 de julio de 2013

Entre lágrimas y euforia

El otro día, navegando por la red, me topé con este video de Alejandro Lerner, de hace muchos años atrás (1984, imagínense) sin encontrar ninguna versión actualizada. 
La canción se llama "Entre Lágrimas y Euforia", y la recordé cuando pasaba los peores momentos de mi vida. Conseguí el CD y me acompañó muchas noches cuando me sentía tan triste... que la ponía en mi reproductor y la escuchaba con audífonos, una y otra vez, hasta que agotada de tanto oírla y de tanto llorar, ya podía irme a descansar. 
No sé si a alguien le pueda interesar, pero... lo dejo igual.


martes, 9 de julio de 2013

Los hijos: un préstamo lleno de amor

Dicen que el texto que figura al final de esta nota pertenece al escritor José Saramago, Nobel de Literatura, aunque desconozco si es así. Sólo sé que  me parece hermoso y muy cierto.
Lo comparto aquí para que quienes hemos pasado por la experiencia de tener un hijo para perderlo después, recordemos que debemos agradecer siempre por su presencia en nuestra vida, haya sido de años o de días, pues lleva en sí misma la semilla del amor más grande.
Tal vez por eso mismo genera el dolor más profundo, pero nunca, nunca, ese dolor, esa tristeza, debe ser mayor que el amor. Ese amor es nuestra mayor bendición.
Un abrazo fuerte a todos.

"Hijo es  un ser que Dios nos  prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. 
¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo... EL MAS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRÉSTAMO ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. 
Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos"

domingo, 2 de junio de 2013

Amar es también decir adiós

En unos días se cumplirá un año de la muerte de Camila Sánchez Herbón, una bebé de tres años que jamás sintió las caricias de su madre ni su angustia ni su lucha por el único derecho que rogó para su hija: una muerte digna.

En este blog compartimos los padres que tuvimos que resignarnos a la separación de nuestros hijos, y muchas veces no logramos superarla, y en ese contexto una historia así pareciera no tener lugar, pero quisiera compartirla pues, por el contrario, creo que puede ayudarnos a comprender el valor auténtico de la vida y del amor, que no tiene relación con el tiempo ni con la trascendencia de lo vivido.

Tras un parto complicado, la niña nació muerta, pero se la reanimó durante 20 minutos y se la conectó a un respirador. “A partir de ese momento todo fue tristeza", dijo la madre, Selva. Como no respondía a  ningún estímulo, llenos de amor y esperanzas  la sometieron a diferentes tratamientos de estimulación, pero jamás logró recuperar ninguna función. No oía, no sentía, no hablaba, no se movía ni tenía conciencia, hasta que le declararon "estado vegetativo permanente", y comienza para los padres un proceso en el que deben definir qué tipo de “vida” está teniendo su hija, sólo sostenida por soportes de vida artificiales (que la proveen de alimento, agua y aire) y cómo deben actuar, queriéndola como la quieren.

La madre confesó en una entrevista que, alentada por una terapeuta, le permitieron intentar una estimulación de reflejo en el interior de la boca de la bebé, descubriendo que ni siquiera tenía reflejo de vómito, al sentir la manipulación. Cuando los padres toman conciencia de la vida artificial de su hija, y de que su condición irreversible sólo marcaba una permanencia de latidos originados en una máquina, inician una lucha para que los médicos pudieran retirarle los soportes a una criatura  que no vivía “una vida digna de ser vivida", y que merecía continuar con el destino natural que esperaba por ella.

En medio de una gran controversia pública y un engorroso proceso legal en diversas instancias del Estado, los padres lucharon por amor, conscientes de que llevaban “un duelo muy largo”. “Mi hija agoniza desde hace tres años. ¿Alguien sabe lo que eso significa?", declaró la madre.

Camila falleció el jueves 07 de junio del 2012,  en el Centro Gallego de Buenos Aires, tras promulgarse la Ley de Muerte Digna que entró en vigencia sólo unos días antes, y la convirtió en la primera persona en Argentina en acceder a una muerte de esta naturaleza, al serle retirados los soportes mecánicos. Su madre afirmó al respecto: "Siento en el corazón que Camila ya está en paz”, añadiendo que la pequeña "pasó por este mundo y nos dejó más derechos a todos. No fue en vano tanto dolor y sufrimiento".

Luego de conocer una historia tan terrible como humana, me queda la certeza de que a veces el amor requiere de decisiones inesperadas, que nos hacen superarnos a nosotros mismos más allá de nuestras expectativas. A veces el amor necesita de fuerza y coraje más que de gestos tiernos, como cuando debemos enfrentar el hecho de que es necesario dejar ir a nuestros hijos.... sabiendo que ya no los volveremos a ver ni abrazar.

Desde este humilde espacio, un abrazo solidario para los padres de Camila, para su hermana Valentina, y para todos los papás y mamás que un día, sin pensarlo ni quererlo, tenemos que decir adiós, poniendo en ese último gesto... todo nuestro amor.

domingo, 28 de abril de 2013

El dolor no tiene bandera, ni raza, ni color


El otro día estuve viendo las estadísticas de este blog, y encontré que tiene visitas registradas de muchos países que no imaginé siquiera, principalmente de México (6982), España (3432), Argentina (2651), Colombia (2390), Chile (2093), Estados Unidos (1959), Perú (1801), Venezuela (1348), Ecuador (977), y Guatemala (272).
Al ver esto me invadió una sensación de hermandad muy grande, una ligazón con hombres y mujeres de
todas partes, que nos hemos unido en el momento más difícil: el de perder a un hijo.
Creo que de eso se trata, de pasar por encima de la geografía, la economía, la política y todo lo demás, y unirnos para darnos fuerza, para compartir nuestras experiencias y ayudar a otra persona que las pueda necesitar esa mirada humana, comprensiva, de quien ya pasó lo que otro está pasando en ese momento, y ....sobrevivió.
Cuando yo atravesé los peores momentos de mi vida, cuando murió mi hijita, sentía que los demás me daban palabras de aliento con muy buena intención pero que no sabían de lo que hablaban. Aquí sí lo sabemos, y por eso te escuchamos y te comprendemos.
Gracias por visitar este sitio, que no es un espacio para el dolor, sino, todo lo contrario,es una cadena de fe, de esperanza  y de solidaridad humana.
Un abrazo fuerte,

Luzma

sábado, 13 de abril de 2013

Nadie te ama como yo

Muchas veces, en los momentos de dolor, no puedo rezar, sin embargo alguna canción se cuela por mi mente y me ayuda a hablar con Dios.
Esta canción, me impactó mucho cuando la escuché por primera vez, pues refleja lo que Jesús te diría si pudieras escucharlo. Yo creía que el amor más grande es el de una madre, pero la verdad es que Dios nos ama más, y Jesús dio su vida para que lo pudiéramos entender.
En el dolor de la pérdida irremediable, pensamos que Dios nos ha abandonado, y no caemos en la cuenta que muchas veces somos nosotros los que lo hemos dejado solo a Él.
Sé que tal vez tu pena es terrible, un pozo oscuro sin fondo en el que no terminas de caer. Yo he estado en él, pero Jesús me ayudó a salir nuevamente a la vida.
Escucha esta canción, de la mano y la voz de Martín Valverde. Espero te sirva para comprender que nadie te ama como Dios...

miércoles, 3 de abril de 2013

Seamos instrumentos de consuelo en el dolor

Uno de los grandes cuestionamientos que mucha gente realiza cuando ve a un padre o madre que ha perdido un hijo, y aún no supera la pérdida, es: "¿Cuánto tiempo va a estar así?"
Desde mi experiencia, el tema no debiera ser el tiempo, sino lo que se busca alcanzar al cabo de ese tiempo.
El proceso de luto y duelo es un período que permite a los sobrevivientes adaptarse a la pérdida del ser querido. De ese proceso he publicado anteriormente, de modo especial en http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2013/03/la-necesidad-de-encontrar-un-camino-el.html, y las etapas ahí indicadas se verifican una y otra vez, con muy pocas excepciones, sin embargo, a veces las cosas se desarrollan de manera distinta los  porque que sufrimos no sólo no colaboramos, sino que jugamos a favor del dolor. Por ello es importante ser conscientes de qué es lo que esperamos, preguntarnos ¿qué es lo que YO quiero encontrar, al final de este túnel? Si sólo queremos seguir llorando, seguir sufriendo, habrá que esperar. El momento llegará, en que se desee volver a vivir.
Aunque cada caso es diferente, los padres en un inicio esperamos recuperar a ese hijo o hija a cuya pérdida nos resistimos con uñas y dientes. El dolor es tan profundo y lacerante que no hay nada más. Pero luego de un tiempo, aceptamos esa imposibilidad y recién entonces abrimos los ojos y vemos el mundo que nos rodea, el cual ha seguido girando mientras nosotros estábamos en un agujero negro, estático, frío y sin salida. Mientras la persona está en esa situación, poco puede hacerse, salvo rodearla de tanto amor, que la proteja y lentamente la vaya ayudando a aflorar a la superficie. Cuando decide comenzar a salir,  tenemos que subirnos a ese mundo que nos dejó atrás, y es como subir a un vehículo en movimiento: Muy difícil.
Y es aquí donde la foto tiene sentido. Yo creo en Dios, aunque respeto que otros no lo hagan, pero en mi caso, fue la fe lo que me devolvió la cordura y me permitió sanar. Cuando comencé a ver a Dios en la paciencia de mi familia, en la tolerancia y delicadez de mis amigos, en las oportunidades que puso a mi alcance, en cada lectura que me dio un pequeño consuelo o un punto de reflexión sobre el cual girar, comencé a mirar hacia afuera y dejé de encerrarme en mi dolor.
Si uno cree en Dios, debiéramos rezar para que actúe en el espíritu sufriente de esa persona, pero sabiendo que Él obras a través de las personas: nos necesita. Si no le damos nuestras manos.. ¿cómo obrará?
desde esa perspectiva, creo que la pregunta no debiera ser "¿Cuánto tiempo va a estar así?", sino que debiera convertirse en: "¿Qué estoy dispuesto a hacer por él, por ella?" Y entonces nos toca el turnos de hacer un compromiso de amor, para con ese padre o esa madre, que permita acompañarlo en silencio, rodearlo de cariño, tenerle paciencia infinita, y hacer ese trabajo sencillo y lento que dará, como resultado final, un corazón que sangre cada día un poco menos, hasta que, una vez que deje de sangrar, empiece a sanar.
No le demos consejos a quien perdió un hijo. Démosle nuestro amor.

sábado, 30 de marzo de 2013

Sobre la Esperanza de la Resurrección


Mañana es Domingo de Resurrección, y para los católicos esa es  la fecha principal del año litúrgico: la Pascua.
Quienes hemos perdido un hijo, a veces vemos con otros ojos este tipo de celebraciones, como que nos impacta menos, porque el dolor de la pérdida nos invade aún y perdemos la fe y la esperanza. Sin embargo, podemos superar esa etapa y volver a creer, y si creemos, podemos encontrar una mayor esperanza y fuente de consuelo. 
Personalmente, para mí la fe que profeso sería una mera filosofía sin la resurrección. Y yo creo en ella. de hecho creo que un día me reencontraré con mi hija, y con todos quienes me precedieron; no sé cómo será, pero confío en esa promesa. 
Para aquellos que se interesen, les dejo un texto sobre el Domingo de Resurrección y la fuente al final del mismo. El resaltado de textos, es mío.
El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.
La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.
Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.
En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?
Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.
San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14). Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios. Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.
La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.
Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.
Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

martes, 12 de marzo de 2013

La necesidad de encontrar un camino: El proceso de duelo


Navegando por la web encontré el sitio “Experto en Psicología” y de él copiaré un texto que me parece muy claro y útil para todos los que en algún momento pasamos por estas terribles experiencias de pérdida, o incluso para quienes desean comprender a quien está en una de ellas. Lo transcribo a continuación para ustedes. Un abrazo.

¿En qué consiste un duelo?

A lo largo de la vida nos encontramos con múltiples pérdidas, desde la muerte de seres queridos (padres, hermanos, pareja, amigos, etc.) a la pérdida de trabajo/s, rupturas de pareja/s, muerte de mascotas, cambios de residencia, etc. Como podemos ver vivir pérdidas es mucho más frecuente de lo que pensamos, de hecho es una parte inevitable de nuestra vida, y parece que en ocasiones no somos conscientes de que cualquier tipo de pérdida merece nuestra atención, es decir, necesita su periodo de duelo.

Proporcionar información sobre el duelo pretende ayudar a llevar (un poco) mejor este difícil proceso, y también facilitar el acompañamiento de seres queridos que se encuentren en estas situaciones.

El duelo es un proceso de elaboración, natural y adaptativo, que consiste en la integración de la experiencia de pérdida, al final del cual, lleva a la persona a experimentar un cambio profundo en su identidad.

Se ha escrito mucho sobre los duelos y coexisten diferentes modelos explicativos, vamos a quedarnos con el modelo de tareas/necesidades del duelo, el cual considera la elaboración del duelo como un proceso durante el cual la persona tiene diferentes necesidades y tareas que resolver para ir avanzando.

Veamos con un poco más de detalle qué ocurre en cada etapa, acompañado de relatos de testimonios que facilitan la transmisión de cómo nos podemos sentir en cada momento:

1. En un primer momento nos encontramos con la etapa de aturdimiento y choque. Es cuando la persona recibe la noticia, la conmoción del impacto amenaza la capacidad de reacción de la persona, por lo que se ponen en marcha reacciones tales como aturdimiento, descreimiento, negación, confusión, etc. La función de estas reacciones es mitigar el input de la noticia para preservar nuestra integridad. En otro extremo también se pueden dar reacciones  agudas de llanto, desesperación, etc. De hecho no es extraño que ambas reacciones coexistan, ya que oscilar entre mecanismos de evitación y de aproximación es el intento de manejar lo que sentimos. Por tanto la tarea principal de esta etapa es manejar los aspectos más traumáticos de la pérdida.
“Cuando el médico me dio la noticia me quedé conmocionado. No sé qué me pasó, no podía hablar. Salí de la sala y eché a correr, me di de bruces con la pared y empecé a golpearme la cabeza, no podía parar. Tuvieron que sujetarme.” (Joaquín)*

2. Pasado un tiempo (días, semanas o meses), aparece la etapa de evitación y negación. Ahora aparecen maniobras inconscientes para hacer de barrera protectora ante el impacto del dolor. Se puede reaccionar negando los hechos, minimizándolos, o bien manteniéndose muy activado/a, experimentar una culpa excesiva o rumiaciones obsesivas, etc. Estas estrategias inconscientes de rechazo-evitación permiten una asimilación más progresiva de la dolorosa realidad. La tarea principal de esta etapa consiste en ir disolviendo progresivamente las estrategias protectoras de distorsión-evitación e ir aumentando la tolerancia al dolor.
“No me quiero hacer a la idea de que no volverá. Cuando me vienen pensamientos a la cabeza, los aparto. No sé si hago bien o no, pero es muy importante para mí no aceptar que no volverá. Intento imaginarme que está de viaje. Es lo único que me ayuda ahora. Tengo todo como él lo dejó…. Él sigue viviendo aquí. No quiero aceptar; aceptar es olvidar, aceptar es abandonar."
(Susana, tres meses después de la muerte de su esposo)*

3. A medida que va disminuyendo la necesidad de evitar y rechazar, la persona se va sintiendo más preparada para afrontar la realidad.  Es la etapa de conexión e integración, ahora se ponen en marcha respuestas de afrontamiento orientadas a conectar con la realidad (dolor, tristeza, culpa, hablar de la relación, abandonarse al dolor, realizar rituales de conexión como visitar lugares asociados al ser querido, etc.). Estas respuestas permiten llevar a la conciencia aspectos de la relación con el ser perdido y explorarlos con el objetivo de asimilar la vivencia y dotarla de significación emocional y cognitiva.
“Al principio decía a la gente: “a mi hijo me lo han matado”. Después: “mi hijo ha muerto en un accidente de coche”. Ahora ya no busco más culpables, ahora me digo: “qué más da cómo haya muerto, sólo sé que le  echo mucho de menos, y que necesito hablar de todo lo que me falta de él”*

4. Finalmente, si se han ido elaborando progresivamente los aspectos más traumáticos, defensivos y relacionales, llegamos a la etapa de crecimiento y transformación, en la cual se va produciendo una reorganización de nuestro mundo interno con relación al ser querido perdido, a uno mismo y a la vida en general. De manera que en un duelo elaborado la persona debe haber ido más allá de su estado anterior y convertir de forma natural esta experiencia en un crecimiento personal. En esta etapa final algunas de las creencias o esquemas nucleares que teníamos se ven substituidos por nuevas creencias que incorporen la significación emocional de la pérdida.
“Jenica:
En vez de brazos que suspiran por acunarte, me has dado brazos para acercarme a otros padres que han perdido a un hijo. En vez de ojos llenos de pena por no poderte ver crecer más, me has dado ojos que pueden admirar la belleza de cada nuevo día.
En vez de oídos que añoran escuchar las palabras “te quiero, papi”, me has dado oídos para escuchar a otros que tienen el corazón roto. En vez de labios que quisieran besar tus lágrimas, me has dado labios que me han enseñado a decir: “entiendo tu dolor, yo he estado donde estás tú ahora”.
En vez de un alma sin dirección ni propósito, me has dado la esperanza de que ciertamente hay un lugar eterno donde todos nos reencontraremos algún día. En vez de ser un padre que se toma la vida a la ligera, has dado a tus hermanos y hermanas un padre que aprecia cada momento del día. En vez de un corazón destrozado por el dolor, me has dado un corazón que se abre a los demás. En vez de una mente llena de resentimiento, autocompasión y rabia, me has dado una mente que entiende el regalo precioso que es la vida.
Te quiero dar las gracias, ángel mío, por todos estos presentes que me has dado. Intentaré hacer lo mejor para vivir mi vida de manera que te haga sentir orgullosa de mí tanto como yo lo estoy de ti.
Espero que continúes compartiendo conmigo estos regalos, pues ahora sí que estoy dispuesto a aceptarlos y comprenderlos. En el día de tu cumpleaños, TU PAPI”.* 

El proceso de duelo es un camino que al principio es duro, árido, doloroso, hay muchas piedras y curvas, momentos en los que nos rendiríamos, otros en que retrocedemos, pero poco a poco se va volviendo más luminoso, esperanzador, nutritivo, llevadero, y cuando llegamos al final del camino nos damos cuenta que no somos la misma persona, algo ha cambiado, la experiencia del camino nos ha convertido en un ser mejor.

* Fragmentos extraídos de Payás P., Alba (2010). Las tareas del duelo. Ed. Paidós
Autora: Teresa Jounou

Fuente: http://www.expertoenpsicologia.com/1/post/2013/01/en-que-consiste-un-duelo.html