jueves, 22 de julio de 2010

Donde se encuentran la Fe y la Esperanza

El día de ayer, durante una reunión de padres que preparamos a nuestros hijos para recibir la Primera Comunión,  se realizó una lectura de reflexión sobre nuestra fe en Dios y los momentos en los que las circunstancias la ponen a prueba. Me tocó en suerte dar mi opinión y sin querer tuve que regresar al momento en que mi hija murió y cómo lo afrontamos mi esposo y yo.

Debo decir que han pasado muchos años y  he vivido muchas experiencias que me hacen creer que lo he superado en gran medida y ahora puedo vivir de una forma más positiva con ello, pero igual me fue difícil tomar la palabra y compartir el tema. Cada vez que la circunstancia me hace compartir le hecho con otras personas mi primera reacción es hablar de modo que nada pueda sr mal interpretado y que a la vez puedan tener una idea de lo que significó para nosotros. Y es muy difícil. Parece que algo dentro de mí me dijera que debo hacerlo con la mayor delicadeza pues de otro modo algo se quiebra dentro de mí. Es como tener un jarrón extremadamente fino guardado en una vitrina especial, pero de pronto debes sacarlo y llevarlo a otro sitio y luego guardarlo de nuevo, y entonces todas las precauciones son pocas para caminar con él entre manos. 

No sé si algo así les pasa a otras personas (me gustaría saberlo!!!) pero, para quienes no saben cómo podrán un día superar el dolor, les comparto esto, pues, ya ven, el dolor nunca se va del todo, pero con el tiempo y el esfuerzo por lograrlo, va ocupando un lugar más profundo pero que al mismo tiempo te permite reiniciar una vida. La pena se queda como parte de tu alma, pero hace las paces contigo y te ayuda a vivir de nuevo y, en ocasiones, a ayudar a otros a hacer lo mismo.

Más allá de lo anecdótico de esta experiencia, quería compartir lo que fue el tema central de ese momento: la pregunta sobre la postura que una persona puede o debe tener en casos de extrema gravedad, vida o muerte, y la fe en Dios. ¿Qué esperar? ¿Qué hacer? 

Antes que nada debo decir que no soy especialista  ni tengo una respuesta ganadora. Sólo quisiera dar mi perspectiva sobre el tema de la fe en el momento más difícil que un padre o madre pueda atravezar. He visto en algunos blogs muchas discusiones al respecto y veo, de una y otra posición, cosas bastante extremadas que creo que nacen del desconocimiento y el antagonismo (de aquello que no conozco y no quiero conocer porque me cuestiona). Yo soy una persona creyente y no concibo la vida de otro modo, sin embargo respeto a quienes no tienen la misma visión pero ofrezco la mía como un referente para quien le sea útil.

Para ser muy honesta, en un primer momento no hubo nada: ni pensamientos ni reflexiones profundas y espirituales ni recriminaciones a Dios ni nada. creo que no pude pensar porque sólo sentía un dolor tan terrible que parecía un pozo negro y profundo en el que caes sin poderte detener. Nada más. Sólo un vacío inmenso y un dolor taladrante en el alma. Pero unos días más tarde, cuando aterricé un poco y acepté  la realidad de la muerte de mi bebé,  me di cuenta de que debería vivir  con el vacío indescriptible que me dejó su ausencia, y dos cosas estuvieron muy claras: 
  • Creo firmemente que Dios no se llevó a mi hija porque no anda “llevándose angelitos”. Simplemente murió porque así fue. Con responsabilidades de terceros o de forma casual, fuera como fuera, no fue el “deseo” de Dios ni de nadie. Porque Dios es mi Padre y jamás podría desear mi sufrimiento. Entonces… ¿por qué no me hizo el milagro que le pedí? No lo sé. Pero si lo amé cuando concebí esa bebé y le di gracias con todo mi corazón por haberme dado esa vida, debía darle gracias por el tiempo que la tuve, aunque fuera corto y me dejara desecha al partir.
  • Lo otro de lo que estuvimos seguros, es que si creemos en Dios, y sabemos que es el AMOR perfecto, quien está en Él tiene, por fuerza, que estar mejor, plena y feliz,  que acá conmigo, aunque me doliera en las entrañas aceptarlo y mi amor de madre no fuera suficiente para negarlo. Yo amaba a mi bebé, pero debía reconocer que una cosa eran mis deseos de tenerla en mis brazos, y otra que en ellos ella estuviera mejor que estando con Dios. Alguien que no tenga fe en Dios, que no sea creyente, no lo entenderá pero quienes sí lo hacen confío en que sepan de lo que hablo. 
La  fe en que Dios es todo y lo mejor, me dio la esperanza que me permitió sobrevivir. Un día yo también iré al encuentro del Creador y me reencontraré con mi bebé, y entonces, la espera habrá terminado. Dos simples convicciones, difíciles de aceptar pero que encierran la base de nuestra fe y de la fuerza que nos ayudó a salir adelante.

martes, 13 de julio de 2010

Cosas que jamás se deben decir a quien perdió un bebé en el embarazo

Aunque ya he publicado algo de esto en un post anterior (Cuando no sabemos qué hacer, qué decirle a los padres... Cómo dar las condolencias), quiero compartir  con todos un extracto del artículo publicado en http://sinsiquieraconocernos.blogspot.com/2010/04/que-no-decir-quienes-perdieron-un.html#comment-form, blog de una joven mujer ecuatoriana, Paz, pues creo que es absolutamente adecuado a la experiencia de la mayoría de personas que pasan por la triste y dolorosa experiencia de perder a un bebé no nacido
Creo que sus consejos son también aplicables en los casos en que que murió un bebé de pocos días.

Que NO decir a quienes perdieron un embarazo
Este post se refiere únicamente a madres que perdieron un embarazo, no a madres que perdieron un hijo ya nacido. No me malinterpreten, cualquier tipo de pérdida es igual de importante, pero este post va para las que perdieron un embarazo porque parece ser que la sociedad desvaloriza la pérdida de un embarazo, piensan que como el bebé nunca llegó a nacer es menos importante, y por ello tienen comentarios en donde se resta importancia al sufrimiento de perder un embarazo. Nunca faltan las personas con comentarios que en vez de hacernos sentir mejor nos ponen peor, sé muchos no lo hacen con mala intención, por eso decidí escribir este blog, para que sepan lo que NO se debe decir:

  • Fue para mejor (¿cómo puede ser la pérdida de un hijo algo "bueno"?)
  • Sé fuerte, no llores (¡acabo de perder a mi bebé, cómo diablos no voy a llorar!; NO repriman el llanto, déjennos llorar, es una forma de liberación, si nos reprimen sentiremos como que estuviera mal o que es un estorbo para el resto)
  • Ya tendrás otros hijos (¿y éste? ¿acaso no importa?)
  • Son jóvenes, aún tienen la vida por delante (¿y qué si somos jóvenes? eso no quita el dolor de perder a un hijo, no nos quita todas las esperanzas, sueños que teníamos para nuestro hijo).
  • (Cuando ya han pasado algunos meses)  ¿Por qué sigues llorando? ¡Ya es hora de que lo superes! (Antes que nada, cada quien tiene su proceso de luto -se considera psicológicamente normal que el luto dure un año- algunos tardan más y otros menos, y no se debe presionar a nadie para que lo supere rápido. Además, SIEMPRE recordaremos a ese bebé, tal vez con el tiempo ya no lloremos tan seguido, empecemos a disfrutar otra vez de las cosas, pero SIEMPRE será parte de nosotros)
  • Por lo menos estabas de pocas semanas (!!! No importa de cuánto tiempo estaba, no importa si eran 4 semanas o 38 semanas, era mi hijo/a, tenía muchos sueños, ilusiones, anhelos)
  • Deberías estar agradecida por los hijos que ya tienes (-no hablo por experiencia pero supongo el sentimiento de esas madres- ¡claro que estoy agradecida por mis hijos! pero eso no significa que no me haga falta el bebé que acabo de perder)
  • Era sólo un embrión/feto, no era un bebé (!!!! ERA UN BEBÉ, mi bebé, mi hijo/a, que importa si aún no estaba completamente desarrollado, sigue siendo un bebé, fue mi hijo/a desde el momento en que lo concebí).
  • De todas formas eres muy joven/vieja (no importa nuestra edad, eso no quita el amor, los deseos, ilusión que teníamos para con ese bebé)

Creo que todos los comentarios que realiza Paz en su escrito son muy ciertos y oportunos y pueden ser una gran ayuda para esas ocasiones en las que debemos acompañar a un amigo que pasa por tan triste pérdida… y no sabemos qué decir.
Lo más importante es tener presente que quienes han perdido a un hijo, independientemente del tiempo de gestación o de vida extrauterina, se sienten desconsolados, y lo que necesitan es afecto, más que una frase “sanadora”. Acompañar, abrazar, decir cuánto los queremos, dar un espacio al desahogo y ofrecer ayuda (la que ellos necesiten) puede ser  lo más adecuado. El tiempo y el amor… harán el resto.

viernes, 9 de julio de 2010

Esperando el reencuentro


En un blog argentino (Seguir viviendo sin vos), he encontrado una frase que no había leído antes. Si fuésemos capaces de saber cuándo y dónde volveremos a encontrarnos de nuevo, nuestra despedida sería más tierna.  Y es totalmente cierto.

Probablemente lo más terrible de la muerte de alguien que amamos  es la noción de la separación definitiva, terminal, que nos deja impotentes para hacer nada, un último beso, un último gesto, una última sonrisa. El saber que nunca más... es lo que nos rompe el alma. Como dice Serrat en una canción:... "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".

Y por eso quienes tenemos fe en una vida posterior (sea cual sea tu religión) tenemos un consuelo, aunque sea sólo en una promesa. Pero creemos que ese día llegará, tarde lo que tarde.  Lo que no sé es cómo superaran esa separación quienes no creen en nada, sean ateos o agnósticos. No me lo imagino. debe ser un duelo lleno de desesperanza y soledad.

Algo que me confortó durante varios años y lo sigue haciendo, es la certeza de que un día me tocará a mí cruzar la puerta, partir de esta forma de vida y trascender... y ahí estará ella. Esperándome.  Hasta me siento un poco mal porque no pienso de primera intención en mis padres o en mi hermano mayor, que han partido todos ya (estoy segura de que entenderán), sólo en mi pequeña. Y eso ha cambiado totalmente mi visión de la muerte, al igual que la de mi marido. Incluso a veces pensamos que el que se vaya primero será el "afortunado". Sé que la carne es nada, pero el amor, esa llama que  radica en el espíritu, eso sí pasa, y se va con el que parte, todo el amor que le dimos vive por siempre, y nos quedamos con el que recibimos de él.

Realmente la separación de un hijo es tremendamente difícil porque nos preparamos para criarlos, educarlos,  atenderlos, corregirlos, pero jamás para despedirnos de ellos y no verlos más. Yo creo que es algo temporal, aunque dure años,  pero sé que un día nos volveremos a encontrar... y será maravilloso.

jueves, 8 de julio de 2010

Ser padres de un hijo que ya no está

Entre las muchas cosas que personas cercanas me dijeron para tratar de ayudarme a superar la muerte de mi pequeña bebé, recuerdo una de forma especial. Un sacerdote me dijo que aunque mi hija no estuviera conmigo, yo seguiría siendo su madre. Y esa es una idea que me cambió el panorama por completo. No eliminaba el dolor ni la angustia de la ausencia, pero me daba una dirección en la cual caminar: aprender a ser madre de una hija que no estaría conmigo, pero que seguía siendo mi hija. Y yo su madre.

Creo que eso es algo realmente importante, porque nos ayuda a enfocar nuestra atención en el vínculo más que en la pérdida  pero, más allá de lo efectivo que pueda resultar como recurso psicológico, nos permite mantener, de una manera saludable el lazo afectivo y vital. Y de esos lazos es que se nutre el corazón ¿no es así?

Cuando somos padres de un hijo que no está, lo mantenemos incorporado a nuestra vida pero de un modo natural, cotidiano, que no implica autotorturas ni ritos por obligación. También nos permite evocar el deseo de sentir su presencia en nuestra vida como hacemos con el resto de la familia, y tal vez volver a llorar pero sin sentirnos culpables ni tener que escondernos.  Por otro lado nos abre la puerta  a la inclusión, dulce y afectuosa, del hijo ausente en los sucesos de la vida familiar, sin que parezca un retroceso o algo parecido, sino como la reacción natural y espontánea de un padre o una madre que tiene presente a todos sus hijos, estén o no físicamente ahí. ¿Y acaso eso no es válido con los que se van de viaje? Pues es algo muy parecido, y nos ayuda a curar el corazón de una manera muy suave e imperceptible.


Ser padre/madre  de un hijo que ya no está supone un avance, desarrollar una relación muy íntima, casi de complicidad, con el hijo que partió, pero cuya paternidad o maternidad seguimos sintiendo, como con los otros hijos. La forma como ese nexo contribuye a sanar las heridas y renovar una vida basada en el amor, es valiosa y positiva, en un momento en que parece que todo  es pérdida.

Cuando no sabemos qué hacer, qué decirle a los padres... (Cómo dar las condolencias)

Cuando pasé por la pérdida de mi hija, recibí muchas muestras de afecto y solidaridad, sin embargo, cunado las personas me daban las condolencias, algunas realmente me provocaban más tristeza que el consuelo que pretendían ofrecerme, en una medida muy superior de la que hubieran podido imaginar. La razón es que en ocasiones queremos que los demás resuelvan la situación, o la superen, como nosotros creemos que sería más adecuado... sin haber pasado por ella.

Claro que no es necesario haber estado embarazada para poder explicar cómo nace un niño o ser estrella de fútbol para poder dirigir al equipo, pero hay situaciones que son extremadamente "personales" y se basan en gran medida en nuestros sentimientos, por lo tanto quien jamás se ha acercado a esa situación puede ayudar poco con recomendaciones, que a veces pueden resultar  muy dolorosas.

Recuerdo que una de las cosas más horribles que escuché, de boca de una madre de familia, fue: "No te preocupes, trata de no pensar en ello, pasa la página y verás que pronto lo habrás olvidado".

Es un comentario bastante común y terriblemente duro y absurdo. ¿Puede una mujer olvidarse que tuvo un hijo? ¿Puede "pasar la página" y olvidar todo lo que lo esperó y lo amó en el tiempo que compartió con él, fueran años, meses o sólo unos pocos días? Es algo imposible. Y cuando me dijeron eso sólo me mordí los labios y traté que enfocarme en la buena intención de la persona más que en el contenido de sus palabras, pero me dolía demasiado pensar que alguien pretendiera que yo olvidara a mi preciosa bebé...a la cual, todo lo contrario, trataba de recordar como si cada momento fuera un precioso tesoro... y creo que sigue siendo así.

De otro lado están quienes como no saben qué hacer, mejor ni se acercan, porque se sienten inútiles, y se alejan de los padres que sufren como si estuvieran apestados.

En esas situaciones, en la etapa primera del duelo, creo que los amigos y la familia pueden hacer mucho por quienes sufren esta pérdida, pero actuando no sólo con prudencia (que debiéramos hacerlo siempre), sino con amor, entendiendo que no se trata de "enfocar" una situación o "manejarla" de una determinada manera, sino de procesar una experiencia especialmente traumática, donde las ilusiones más profundas, amar a los hijos y recibir su amor, se frustra permanentemente. Es tiempo de dejar poco a poco salir el dolor,  y aprender a vivir en la nueva situación resultante, pero es un proceso que tomará mucho tiempo.

Lo primero que podría recomendar es que no pretendan dar fórmulas ni consejos ni recomendaciones pensando que pueden imaginarse algo que, en realidad, desborda su capacidad de teorización. Lo mejor es sólo hacerle saber a la persona que la quieren y que estarán a su alcance si necesita algo. También puede ser muy útil averiguar con la familia si pueden ayudar de alguna manera, económicamente, con algún trámite o gestión, cuidando a hijos mayores, etc.  Un buen libro que sirva de orientación para estos casos puede ayudarlos a superar el trance de una mejor forma y puede ser significativa la diferencia. Y finalmente están las muestras de afecto como pueden ser algunas flores con una tarjeta cariñosa, un mensaje que exprese el cariño y la solidaridad que se siente por los padres, o un postre o algo dulce (que ayuda siempre a superar la depresión y la tristeza, especialmente si tiene chocolate).

Creo que lo importante no es qué se dice o tener una frase que sea la más "acertada", sino hacer sentirle, a quien pasa por la pérdida de un hijo, que no está solo, que es amado, y que cuenta con mucho amor a su alrededor. Muchas de las personas que más me ayudaron sólo me abrazaron muy fuerte y me sonrieron con amor y ternura. Yo supe que siempre podría contar con ellos. Con el tiempo tal vez ya se puedan compartir otras cosas y puedan encontrarse modos de caminar juntos y apoyarlos en estre tramo especialmente difícil del camino.