martes, 19 de octubre de 2010

Caminando hacia la paz

En blogs y portales que tratan el tema de la pérdida de un hijo, se reciben comentarios muy diversos de cómo se siente una madre cuando pasa por ese trance. Son palabras verdaderamente desconsoladoras, como es natural, y cada una relata cómo su mundo se derrumbó, de manera particular, pues las personas somos diferentes y vivimos las mismas experiencias de forma distinta según nuestras costumbres, circunstancias y credo, especialmente. 
Mi vivencia es única como la de todos lo es, y si mi esposo y yo salimos adelante, lo bien o mal que lo hayamos hecho fue fruto de múltiples factores, pero en parte por la ayuda que mucha gente me ofreció su mano, su palabra, su aliento. Cuando pienso en ello y leo los comentarios que mas mujeres publican en la red, veo que  aunque las realidades puedan ser un poco distintas existen algunas imágenes comunes, cierta forma de expresar un dolor tan, pero tan profundo, que nos remiten a algunos aspectos que podríamos compartir y aprender algo de ellos. Y por eso tomaré algunas para compartirlas y comentarlas.
Leo, por ejemplo, “una madre que pierde a un hijo queda muerta en vida, se queda con los brazos vacíos y con el vientre hueco, sin nada, si tiene más hijos vive por ellos pero sin ganas, con el tiempo, con los años empieza a aminorar ese dolor y como dices a sonreír otra vez y empiezan a nacer ilusiones otra vez, pero esa herida queda en lo más profundo de tu alma, un dolor que solo morirá contigo”. Y es así, en realidad, el dolor no es algo que pasa poco a poco en un tiempo más o menos corto, como pasa en otras pérdidas (de un padre, hermano, abuelo, etc.), muchas veces se reanuda la vida pero… a medias. No siempre las mujeres tienen la capacidad de reiniciar la vida y volver a enfrentarla con valor y disfrutarla con alegría. En algunos casos el rencor contra alguien o algo que fue determinante en la pérdida (por un tema de responsabilidad en el fallecimiento, por ejemplo) no permite pasar a otra etapa, por lo que podríamos sacar una primera recomendación: PERDÓN.
Si hay algo que resolver o gestionar (una responsabilidad culposa o criminal, por ejemplo) pues deberá hacerse, pero sin que el corazón se estanque en la cólera y el odio, pues el espíritu de tu hijo, que está vivo, no querría a una madre o un padre consumiéndose en sentimientos negativos, con amargura y agresividad en su corazón, y nada bueno sacarás del enfrentamiento, del rencor, de la ira que busca una venganza que sabemos, es inútil.
Otra mujer escribe que “se queda balbuceando las canciones de cuna que ya no encuentran eco en los oídos de su hijo amado, no importa a qué edad se les haya ido, es su hijo y ya no lo tiene. Y así nos quedamos tratando de encontrar repuestas al porqué de las cosas. No importa cuanto se diga, cuanto se estudie o investigue acerca de la muerte y sus efectos, ninguno nos puede asegurar o garantizar cuanto tiempo estaremos en ese estado de confusión, rabia e impotencia. El dolor no nos permite vislumbrar ni remotamente la posibilidad de encontrar alivio”. Y yo recuerdo cuando junto a mi esposo íbamos de un especialista a otro buscando comprender cómo pudo morir una bebé que estaba perfecta durante todo su desarrollo prenatal. Y no importaba lo que nos dijeran, nada era suficiente. Y nunca nada lo será, porque nada variará la realidad. En este caso, la recomendación sería: ACEPTACIÓN.
Si puedes aceptar que no todo tiene una respuesta podrás entender que sólo estás martirizándote inútilmente, pues por más que te aflijas y llores nada cambiará, sólo llenarás tu alma de pena y postergarás la posibilidad de aprender a vivir siendo aún madre/padre de tu niño aunque no lo veas contigo.
Un tema que hace una gran diferencia es la fe que se profese o la falta de ella. Cuando leemos “quiero que sepas que tu hija no está muerta, ella vive con Jesús en el cielo, ahí te está esperando donde se reunirán para siempre, mientras llega tu tiempo tienes que vivir hasta que Dios lo disponga así” veo a una persona que encontró consuelo en su fe y eso es algo maravilloso, porque tuvo algo que difícilmente se puede conseguir: ESPERANZA.
Las personas que creen en un mundo después de éste, en la forma que sea, tienen el consuelo de un mañana, de una nueva oportunidad. Yo creo en Dios y en su promesa de Vida Eterna, y creo que mi bebé está conmigo aquí, pues Dios no está lejos (en un “cielo”) sino entre todos los que le aman. Eso me ha dado fortaleza y nos permitió volver a vivir, teníamos una esperanza concreta, pero pienso que para quienes no creen, debe ser muy difícil porque se quedan sólo con un recuerdo y nada más.

La confianza en nostros como padres y madres, muchas veces se ve seriamente afectada por esta experiencia, como lo muestra el siguiente testimonio: “Mi hijo Martín murió el 10 de marzo, tenía 1 año y un mes, una nunca espera que le suceda esto, es lo más terrible, mi vida cambio en un minuto, se hizo pedazos mi corazón, la vida y la felicidad se acabo para mí. Perder a mi hijo Martín me hace sentir que fracase como madre, saber q' nunca más lo voy a abrazar, besar, escuchar su vocecita, me deprime cada día ver su cuna, sus cosas su ropa...”. Es terrible y en alguna medida una gran parte de los progenitores experimentan ese sentido de culpa, de responsabilidad, dependiendo de las circunstancias de  la muerte, sin embargo, lo importante es que cuando eso es así, se analice con calma y tal vez con asesoramiento, el caso. Si se cometió un error, se deberá aprender de la experiencia, por más doloroso que sea, pero siempre será mejor que la incertidumbre y el autocastigo. Si no hubo responsabilidad, pues entonces aclarar el tema es muy importante. En ambos casos, mi última sugerencia: CONFIANZA.
Tal vez sea lo más difícil de todo, volver a confiar en uno mismo, en la vida, en el sistema, en los doctores, qué se yo. En mi caso, mi bebé murió a los doce días de nacida de forma imprevisible (al menos para mí) y cuando nació mi siguiente hija yo me dividía entre la felicidad total y el terror absoluto. Cada día que pasaba fue muy duro, sonriendo a los demás y sufriendo por dentro de verdadero pavor. Cuando llegó al día doce yo estaba tan tensa que era muy difícil controlarlo, hasta que mi marido me ayudó a comprender que para bien o para mal, hay cosas que podemos evitar y otras que no, pero que la vida sólo merece la pena vivirla con plenitud, y para ello debía confiar.
Vivir después del vacío total  y el dolor tan desgarrador que significa la pérdida de un hijo es una de las tareas más difíciles que tiene por delante un ser humano. Pero al mismo tiempo el trabajo que nos permite  superar el dolor , la frustración , y volver a la vida,  nos otorga a su vez una fuerza inesperada, una capacidad que nos hace más humanos, como un regalo de amor que nos dejan nuestros seres amados.
Espero que éste sea un granito de arena que ayude, en alguna medida al menos, a encontrar ese regalo que está esperando por quienes están pasando por tan difícil etapa y  desean alcanzar la paz en su corazón.

lunes, 27 de septiembre de 2010

A María Laura, in memoriam

Hoy recordamos la partida de nuestra hija,  María Laura.


Tan poco tiempo y aprendimos tanto de ti. 


Tu paso fugaz no se ha borrado ni lo hará jamás.

Han pasado 12 años... y el amor sólo crece y crece...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

María Laura nació hace doce años

María Laura en brazos de su padre,
siete días aproximadamente.
Hoy mi hija María Laura hubiera cumplido doce años.
La vida hizo que sólo pudiera tenerla doce días. Intensos y preciosos... pero son tan poco doce días...!

Pero ya no lloro. Creo haber llorado tanto los primeros años que pensé que ya nunca podría llorar otra vez, pero no fue así. Sólo aprendí a vivir con la pena y a sentirla muy dentro de mi corazón sin que mis ojos se inunden, mi garganta se cierre y nada pueda detener las lágrimas que se agolpaban entre mis párpados y el corazón.

Muchas veces pienso qué hubiera pasado de ser otro el destino... cómo luciría hoy....aún en contra del profesor de historia que me enseñó que "nunca es buen negocio pensar en la historia de lo que pudo ser y no fue". pero al poco me controlo y trato de no pensar, mejor dicho, de no volver al martirio del sufrimiento vano, absurdo.

Repaso las pocas fotos que tengo de ella (pues pensé que tendría toda la vida para tomarle más) y siento que tanto amor tiene que encontrar un día su destino. Pienso en ella con amor infinito y con una tristeza sorda... casi transparente. Como esas cosas que tenemos sin saber por qué pero incapaces de deshacernos de ellas.

Trataré de huir de la nostalgia y volcar ese amor en mis hijos, mi familia... un año más.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Si la muerte es sólo una transformación

Navegando por la red he conocido algo de una mujer muy especial, porque dedicó gran parte de su vida a trabajar ayudando a la gente a prepararse para morir. A muchos les parecerá algo macabro, sin embargo puede ser un servicio tan valioso e importante como ayudar a nacer.
Su nombre es Elisabeth Kübler-Ross  (1926-2004) y fue una médico psiquiatra, nacida en Suiza, que estudio la transición entre la vida y la muerte, e hizo de ese proceso el objeto de su estudio, su práctica y su docencia. Ella es la creadora de un modelo según el cual el proceso de un ser humano que sabe que va a morir pasa por 5 fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación (modelo Kübler-Ross). Su trabajo alrededor del mundo, con más de veinte libros publicados, le hizo merecedora a 23 doctorados honoríficos en diversas universidades.  Mucho médicos se han opuesto a sus teorías y a sus métodos, por considerarlos poco científicos, pero su perseverancia y los testimonios que recibió a los largo de los años, la mantuvo firme.
Según lo publicado en el blog “Cómo afrontar la muerte de un hijo”, http://comoafrontarlamuertedeunhijo.blogspot.com/2010/08/la-muerte-no-existe.html las experiencias de esta mujer excepcional le hicieron comprender que la muerte no existe como la concebimos, sino que es una transformación natural, como la de una oruga que luego se convierte en mariposa.
“La muerte es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continua experimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, siendo, y en el que se tiene la posibilidad de continuar creciendo. La única cosa que  perdemos en esta transformación es nuestro cuerpo físico, pues ya no lo necesitamos. Es como si se acercase la primavera, guardamos nuestro abrigo de invierno sabiendo que ya esta demasiado usado y no nos lo pondremos de todas maneras. La muerte no es otra cosa”.  Qué maravillosa idea… En el artículo la Dra. Kübler comenta sobre las experiencias de varios pacientes suyos a quienes asistió en los últimos tiempos, apoyándolos a ellos y a sus familias.  Y siempre debiera ser así.
Muchas veces huimos de la idea de la muerte y tratamos de engañar a quienes se verán muy afectados por ella, madre, hijos pequeños, diciéndoles que todo saldrá bien, cuando eso no va a ser así. Una muestra de amor sería  en cambio ayudarle a preparase para ese momento, que le exprese a quien partirá todo su amor y sus deseos de que siempre seguirán unidos.
Este es un tema que se relaciona mucho con la religión y también con las costumbres culturales, entre otras cosas, pero vivimos en un tiempo en el que debemos ser críticos, pues tal vez seguimos realizando prácticas que no sólo no tienen sentido sino que no son buenas para aquellos a quienes deseamos servir o beneficiar.
Pensar en la muerte es muy importante, y no escurrirnos del tema o esperar a estar en una sala de urgencias para hablar sobre ello. Debiéramos ir tocando el tema en la pareja, en la familia, para poder sentar algunos principios que en el momento necesario, aún cuando surja de improviso, puedan ayudarnos a apoyar a quien va a morir o a, como dice la Dra. Kübler… transformarse.

jueves, 22 de julio de 2010

Donde se encuentran la Fe y la Esperanza

El día de ayer, durante una reunión de padres que preparamos a nuestros hijos para recibir la Primera Comunión,  se realizó una lectura de reflexión sobre nuestra fe en Dios y los momentos en los que las circunstancias la ponen a prueba. Me tocó en suerte dar mi opinión y sin querer tuve que regresar al momento en que mi hija murió y cómo lo afrontamos mi esposo y yo.

Debo decir que han pasado muchos años y  he vivido muchas experiencias que me hacen creer que lo he superado en gran medida y ahora puedo vivir de una forma más positiva con ello, pero igual me fue difícil tomar la palabra y compartir el tema. Cada vez que la circunstancia me hace compartir le hecho con otras personas mi primera reacción es hablar de modo que nada pueda sr mal interpretado y que a la vez puedan tener una idea de lo que significó para nosotros. Y es muy difícil. Parece que algo dentro de mí me dijera que debo hacerlo con la mayor delicadeza pues de otro modo algo se quiebra dentro de mí. Es como tener un jarrón extremadamente fino guardado en una vitrina especial, pero de pronto debes sacarlo y llevarlo a otro sitio y luego guardarlo de nuevo, y entonces todas las precauciones son pocas para caminar con él entre manos. 

No sé si algo así les pasa a otras personas (me gustaría saberlo!!!) pero, para quienes no saben cómo podrán un día superar el dolor, les comparto esto, pues, ya ven, el dolor nunca se va del todo, pero con el tiempo y el esfuerzo por lograrlo, va ocupando un lugar más profundo pero que al mismo tiempo te permite reiniciar una vida. La pena se queda como parte de tu alma, pero hace las paces contigo y te ayuda a vivir de nuevo y, en ocasiones, a ayudar a otros a hacer lo mismo.

Más allá de lo anecdótico de esta experiencia, quería compartir lo que fue el tema central de ese momento: la pregunta sobre la postura que una persona puede o debe tener en casos de extrema gravedad, vida o muerte, y la fe en Dios. ¿Qué esperar? ¿Qué hacer? 

Antes que nada debo decir que no soy especialista  ni tengo una respuesta ganadora. Sólo quisiera dar mi perspectiva sobre el tema de la fe en el momento más difícil que un padre o madre pueda atravezar. He visto en algunos blogs muchas discusiones al respecto y veo, de una y otra posición, cosas bastante extremadas que creo que nacen del desconocimiento y el antagonismo (de aquello que no conozco y no quiero conocer porque me cuestiona). Yo soy una persona creyente y no concibo la vida de otro modo, sin embargo respeto a quienes no tienen la misma visión pero ofrezco la mía como un referente para quien le sea útil.

Para ser muy honesta, en un primer momento no hubo nada: ni pensamientos ni reflexiones profundas y espirituales ni recriminaciones a Dios ni nada. creo que no pude pensar porque sólo sentía un dolor tan terrible que parecía un pozo negro y profundo en el que caes sin poderte detener. Nada más. Sólo un vacío inmenso y un dolor taladrante en el alma. Pero unos días más tarde, cuando aterricé un poco y acepté  la realidad de la muerte de mi bebé,  me di cuenta de que debería vivir  con el vacío indescriptible que me dejó su ausencia, y dos cosas estuvieron muy claras: 
  • Creo firmemente que Dios no se llevó a mi hija porque no anda “llevándose angelitos”. Simplemente murió porque así fue. Con responsabilidades de terceros o de forma casual, fuera como fuera, no fue el “deseo” de Dios ni de nadie. Porque Dios es mi Padre y jamás podría desear mi sufrimiento. Entonces… ¿por qué no me hizo el milagro que le pedí? No lo sé. Pero si lo amé cuando concebí esa bebé y le di gracias con todo mi corazón por haberme dado esa vida, debía darle gracias por el tiempo que la tuve, aunque fuera corto y me dejara desecha al partir.
  • Lo otro de lo que estuvimos seguros, es que si creemos en Dios, y sabemos que es el AMOR perfecto, quien está en Él tiene, por fuerza, que estar mejor, plena y feliz,  que acá conmigo, aunque me doliera en las entrañas aceptarlo y mi amor de madre no fuera suficiente para negarlo. Yo amaba a mi bebé, pero debía reconocer que una cosa eran mis deseos de tenerla en mis brazos, y otra que en ellos ella estuviera mejor que estando con Dios. Alguien que no tenga fe en Dios, que no sea creyente, no lo entenderá pero quienes sí lo hacen confío en que sepan de lo que hablo. 
La  fe en que Dios es todo y lo mejor, me dio la esperanza que me permitió sobrevivir. Un día yo también iré al encuentro del Creador y me reencontraré con mi bebé, y entonces, la espera habrá terminado. Dos simples convicciones, difíciles de aceptar pero que encierran la base de nuestra fe y de la fuerza que nos ayudó a salir adelante.

martes, 13 de julio de 2010

Cosas que jamás se deben decir a quien perdió un bebé en el embarazo

Aunque ya he publicado algo de esto en un post anterior (Cuando no sabemos qué hacer, qué decirle a los padres... Cómo dar las condolencias), quiero compartir  con todos un extracto del artículo publicado en http://sinsiquieraconocernos.blogspot.com/2010/04/que-no-decir-quienes-perdieron-un.html#comment-form, blog de una joven mujer ecuatoriana, Paz, pues creo que es absolutamente adecuado a la experiencia de la mayoría de personas que pasan por la triste y dolorosa experiencia de perder a un bebé no nacido
Creo que sus consejos son también aplicables en los casos en que que murió un bebé de pocos días.

Que NO decir a quienes perdieron un embarazo
Este post se refiere únicamente a madres que perdieron un embarazo, no a madres que perdieron un hijo ya nacido. No me malinterpreten, cualquier tipo de pérdida es igual de importante, pero este post va para las que perdieron un embarazo porque parece ser que la sociedad desvaloriza la pérdida de un embarazo, piensan que como el bebé nunca llegó a nacer es menos importante, y por ello tienen comentarios en donde se resta importancia al sufrimiento de perder un embarazo. Nunca faltan las personas con comentarios que en vez de hacernos sentir mejor nos ponen peor, sé muchos no lo hacen con mala intención, por eso decidí escribir este blog, para que sepan lo que NO se debe decir:

  • Fue para mejor (¿cómo puede ser la pérdida de un hijo algo "bueno"?)
  • Sé fuerte, no llores (¡acabo de perder a mi bebé, cómo diablos no voy a llorar!; NO repriman el llanto, déjennos llorar, es una forma de liberación, si nos reprimen sentiremos como que estuviera mal o que es un estorbo para el resto)
  • Ya tendrás otros hijos (¿y éste? ¿acaso no importa?)
  • Son jóvenes, aún tienen la vida por delante (¿y qué si somos jóvenes? eso no quita el dolor de perder a un hijo, no nos quita todas las esperanzas, sueños que teníamos para nuestro hijo).
  • (Cuando ya han pasado algunos meses)  ¿Por qué sigues llorando? ¡Ya es hora de que lo superes! (Antes que nada, cada quien tiene su proceso de luto -se considera psicológicamente normal que el luto dure un año- algunos tardan más y otros menos, y no se debe presionar a nadie para que lo supere rápido. Además, SIEMPRE recordaremos a ese bebé, tal vez con el tiempo ya no lloremos tan seguido, empecemos a disfrutar otra vez de las cosas, pero SIEMPRE será parte de nosotros)
  • Por lo menos estabas de pocas semanas (!!! No importa de cuánto tiempo estaba, no importa si eran 4 semanas o 38 semanas, era mi hijo/a, tenía muchos sueños, ilusiones, anhelos)
  • Deberías estar agradecida por los hijos que ya tienes (-no hablo por experiencia pero supongo el sentimiento de esas madres- ¡claro que estoy agradecida por mis hijos! pero eso no significa que no me haga falta el bebé que acabo de perder)
  • Era sólo un embrión/feto, no era un bebé (!!!! ERA UN BEBÉ, mi bebé, mi hijo/a, que importa si aún no estaba completamente desarrollado, sigue siendo un bebé, fue mi hijo/a desde el momento en que lo concebí).
  • De todas formas eres muy joven/vieja (no importa nuestra edad, eso no quita el amor, los deseos, ilusión que teníamos para con ese bebé)

Creo que todos los comentarios que realiza Paz en su escrito son muy ciertos y oportunos y pueden ser una gran ayuda para esas ocasiones en las que debemos acompañar a un amigo que pasa por tan triste pérdida… y no sabemos qué decir.
Lo más importante es tener presente que quienes han perdido a un hijo, independientemente del tiempo de gestación o de vida extrauterina, se sienten desconsolados, y lo que necesitan es afecto, más que una frase “sanadora”. Acompañar, abrazar, decir cuánto los queremos, dar un espacio al desahogo y ofrecer ayuda (la que ellos necesiten) puede ser  lo más adecuado. El tiempo y el amor… harán el resto.

viernes, 9 de julio de 2010

Esperando el reencuentro


En un blog argentino (Seguir viviendo sin vos), he encontrado una frase que no había leído antes. Si fuésemos capaces de saber cuándo y dónde volveremos a encontrarnos de nuevo, nuestra despedida sería más tierna.  Y es totalmente cierto.

Probablemente lo más terrible de la muerte de alguien que amamos  es la noción de la separación definitiva, terminal, que nos deja impotentes para hacer nada, un último beso, un último gesto, una última sonrisa. El saber que nunca más... es lo que nos rompe el alma. Como dice Serrat en una canción:... "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".

Y por eso quienes tenemos fe en una vida posterior (sea cual sea tu religión) tenemos un consuelo, aunque sea sólo en una promesa. Pero creemos que ese día llegará, tarde lo que tarde.  Lo que no sé es cómo superaran esa separación quienes no creen en nada, sean ateos o agnósticos. No me lo imagino. debe ser un duelo lleno de desesperanza y soledad.

Algo que me confortó durante varios años y lo sigue haciendo, es la certeza de que un día me tocará a mí cruzar la puerta, partir de esta forma de vida y trascender... y ahí estará ella. Esperándome.  Hasta me siento un poco mal porque no pienso de primera intención en mis padres o en mi hermano mayor, que han partido todos ya (estoy segura de que entenderán), sólo en mi pequeña. Y eso ha cambiado totalmente mi visión de la muerte, al igual que la de mi marido. Incluso a veces pensamos que el que se vaya primero será el "afortunado". Sé que la carne es nada, pero el amor, esa llama que  radica en el espíritu, eso sí pasa, y se va con el que parte, todo el amor que le dimos vive por siempre, y nos quedamos con el que recibimos de él.

Realmente la separación de un hijo es tremendamente difícil porque nos preparamos para criarlos, educarlos,  atenderlos, corregirlos, pero jamás para despedirnos de ellos y no verlos más. Yo creo que es algo temporal, aunque dure años,  pero sé que un día nos volveremos a encontrar... y será maravilloso.

jueves, 8 de julio de 2010

Ser padres de un hijo que ya no está

Entre las muchas cosas que personas cercanas me dijeron para tratar de ayudarme a superar la muerte de mi pequeña bebé, recuerdo una de forma especial. Un sacerdote me dijo que aunque mi hija no estuviera conmigo, yo seguiría siendo su madre. Y esa es una idea que me cambió el panorama por completo. No eliminaba el dolor ni la angustia de la ausencia, pero me daba una dirección en la cual caminar: aprender a ser madre de una hija que no estaría conmigo, pero que seguía siendo mi hija. Y yo su madre.

Creo que eso es algo realmente importante, porque nos ayuda a enfocar nuestra atención en el vínculo más que en la pérdida  pero, más allá de lo efectivo que pueda resultar como recurso psicológico, nos permite mantener, de una manera saludable el lazo afectivo y vital. Y de esos lazos es que se nutre el corazón ¿no es así?

Cuando somos padres de un hijo que no está, lo mantenemos incorporado a nuestra vida pero de un modo natural, cotidiano, que no implica autotorturas ni ritos por obligación. También nos permite evocar el deseo de sentir su presencia en nuestra vida como hacemos con el resto de la familia, y tal vez volver a llorar pero sin sentirnos culpables ni tener que escondernos.  Por otro lado nos abre la puerta  a la inclusión, dulce y afectuosa, del hijo ausente en los sucesos de la vida familiar, sin que parezca un retroceso o algo parecido, sino como la reacción natural y espontánea de un padre o una madre que tiene presente a todos sus hijos, estén o no físicamente ahí. ¿Y acaso eso no es válido con los que se van de viaje? Pues es algo muy parecido, y nos ayuda a curar el corazón de una manera muy suave e imperceptible.


Ser padre/madre  de un hijo que ya no está supone un avance, desarrollar una relación muy íntima, casi de complicidad, con el hijo que partió, pero cuya paternidad o maternidad seguimos sintiendo, como con los otros hijos. La forma como ese nexo contribuye a sanar las heridas y renovar una vida basada en el amor, es valiosa y positiva, en un momento en que parece que todo  es pérdida.

Cuando no sabemos qué hacer, qué decirle a los padres... (Cómo dar las condolencias)

Cuando pasé por la pérdida de mi hija, recibí muchas muestras de afecto y solidaridad, sin embargo, cunado las personas me daban las condolencias, algunas realmente me provocaban más tristeza que el consuelo que pretendían ofrecerme, en una medida muy superior de la que hubieran podido imaginar. La razón es que en ocasiones queremos que los demás resuelvan la situación, o la superen, como nosotros creemos que sería más adecuado... sin haber pasado por ella.

Claro que no es necesario haber estado embarazada para poder explicar cómo nace un niño o ser estrella de fútbol para poder dirigir al equipo, pero hay situaciones que son extremadamente "personales" y se basan en gran medida en nuestros sentimientos, por lo tanto quien jamás se ha acercado a esa situación puede ayudar poco con recomendaciones, que a veces pueden resultar  muy dolorosas.

Recuerdo que una de las cosas más horribles que escuché, de boca de una madre de familia, fue: "No te preocupes, trata de no pensar en ello, pasa la página y verás que pronto lo habrás olvidado".

Es un comentario bastante común y terriblemente duro y absurdo. ¿Puede una mujer olvidarse que tuvo un hijo? ¿Puede "pasar la página" y olvidar todo lo que lo esperó y lo amó en el tiempo que compartió con él, fueran años, meses o sólo unos pocos días? Es algo imposible. Y cuando me dijeron eso sólo me mordí los labios y traté que enfocarme en la buena intención de la persona más que en el contenido de sus palabras, pero me dolía demasiado pensar que alguien pretendiera que yo olvidara a mi preciosa bebé...a la cual, todo lo contrario, trataba de recordar como si cada momento fuera un precioso tesoro... y creo que sigue siendo así.

De otro lado están quienes como no saben qué hacer, mejor ni se acercan, porque se sienten inútiles, y se alejan de los padres que sufren como si estuvieran apestados.

En esas situaciones, en la etapa primera del duelo, creo que los amigos y la familia pueden hacer mucho por quienes sufren esta pérdida, pero actuando no sólo con prudencia (que debiéramos hacerlo siempre), sino con amor, entendiendo que no se trata de "enfocar" una situación o "manejarla" de una determinada manera, sino de procesar una experiencia especialmente traumática, donde las ilusiones más profundas, amar a los hijos y recibir su amor, se frustra permanentemente. Es tiempo de dejar poco a poco salir el dolor,  y aprender a vivir en la nueva situación resultante, pero es un proceso que tomará mucho tiempo.

Lo primero que podría recomendar es que no pretendan dar fórmulas ni consejos ni recomendaciones pensando que pueden imaginarse algo que, en realidad, desborda su capacidad de teorización. Lo mejor es sólo hacerle saber a la persona que la quieren y que estarán a su alcance si necesita algo. También puede ser muy útil averiguar con la familia si pueden ayudar de alguna manera, económicamente, con algún trámite o gestión, cuidando a hijos mayores, etc.  Un buen libro que sirva de orientación para estos casos puede ayudarlos a superar el trance de una mejor forma y puede ser significativa la diferencia. Y finalmente están las muestras de afecto como pueden ser algunas flores con una tarjeta cariñosa, un mensaje que exprese el cariño y la solidaridad que se siente por los padres, o un postre o algo dulce (que ayuda siempre a superar la depresión y la tristeza, especialmente si tiene chocolate).

Creo que lo importante no es qué se dice o tener una frase que sea la más "acertada", sino hacer sentirle, a quien pasa por la pérdida de un hijo, que no está solo, que es amado, y que cuenta con mucho amor a su alrededor. Muchas de las personas que más me ayudaron sólo me abrazaron muy fuerte y me sonrieron con amor y ternura. Yo supe que siempre podría contar con ellos. Con el tiempo tal vez ya se puedan compartir otras cosas y puedan encontrarse modos de caminar juntos y apoyarlos en estre tramo especialmente difícil del camino.

viernes, 25 de junio de 2010

¿Cuánto tiempo lleva recuperarse de la pérdida de un hijo?

Cuando me sucedió, muchas veces escuché a personas que me querían mucho, decir cosas como: "No puedes seguir llorando por lo que pasó", "Ya es tiempo de que voltees la página y sigas adelante" o "Ya debes intentarlo de nuevo", y la verdad es que no sé por qué pensaban que podían saber si era tiempo o no de hacer cualquier cosa.

Creo que el tiempo que toma superar un trauma así es algo que nadie puede saber salvo la persona que pasa por el duelo y que es quien puede sentir si tiene o no las fuerzas para realizar algo. Salvo que se trate de algo extremo (como desarrollar cuadros de histeria o llanto sin consuelo en lugares públicos después de varios meses) que puede requerir una ayuda profesional, las personas reaccionan de diferente modo, no sólo porque cada persona es diferente (cada matrimonio también y eso influye en cada padre/madre, incluso si están separados o se trata de un padre/madre solo) sino también porque cada pérdida es particular. La edad, las circunstancias, todo es diferente en cada caso, y eso configura experiencias muy especiales que nadie puede conocer a fondo salvo quienes lo viven.

La forma de irse adecuando al dolor es diferente para cada persona, y si algo creo que se puede recomendar, en forma general, es que no se obligue a nadie a asumir un camino determinado sino, por el contrario, dejar que elija la forma como quiere sufrir, expresar o superar su pena. Hay quienes necesitan sacarlo todo afuera hasta que no quede nada. Creo que soy de ese grupo, pues lloré tanto por tanto tiempo (lo hacía en privado, en casa cuando me quedaba sola o a veces me iba a caminar para poder desahogar mi furia y dejar que mis lágrimas fueran saliendo bajo los lentes oscuros) hasta que un día sentí que ya estaba mejor y podía caminar sonriendo, mirando el cielo, sin sentirme mal por ello.

Otras personas deciden conservar la compostura y comienzan en poco tiempo a poner su esfuerzo en hacer su vida tan normal como sea posible, evitando el llanto. Conozco a gente así y aunque no es la forma como yo pude superarlo sé que a ellas sí les ha funcionado. En tres meses pareciera que nada sucedió, lo que no significa que no tengan una gran pena por dentro, es sólo que la superan de una forma distinta.

Creo que cada quien tiene su propio tiempo y lo importante no es el número de meses que demoren en volver a reír, disfrutar las pequeñas satisfacciones de la vida o ir a al cine otra vez, sino que cuando eso suceda, se encuentren bien, en paz consigo mismos y con la vida, dispuestos a amar plenamente. De ser así, estarán comenzando de nuevo a vivir.

jueves, 24 de junio de 2010

Aprendiendo a vivir con nuestro dolor

Una de las cosas más difíciles por las que tuve que pasar, tras la muerte de mi bebé, fue poder ver a otros
bebés. En la calle no podía ni mirarlos y evadía todo lo que fueran cochecitos y gente con niños cargados.

En mi trabajo con cierta frecuencia se acercaban madres con sus pequeñines y todo se volvía gracias y mimos y en ese momento yo tenía que salir, disparada, hacia el baño, encerrándome ahí a llorar. Mis compañeras fueron muy comprensivas y me dejaban tranquila hasta que la visita se retirara y yo pudiera recobrar la compostura y volver a salir. Pero era terriblemente difícil.

La Navidad se hizo un tiempo especialmente difícil, pues por más que mi fe fue la tabla de salvación más poderosa, no podía escuchar aquello del "niño en la cuna" sin sentir rabia y una profunda amargura. Me resultaba imposible cantar un villancico o siquiera poner en nacimiento en casa. Fue una navidad tan horrenda y triste que no quisiera recordarla. Envié a mis hijos mayores con su padre y a mi esposo a pasarla con su mamá, mientras yo lloraba inconsolable en mi cama.

Son momentos que generalmente pasan las personas que han perdido un hijo, pues en su mayoría tienen una etapa de rabia y amargura muy intensa, una forma de negar lo ocurrido o buscar una razón que lo justifique (que no existe). cada quien tiene su propio proceso y sus propios tiempos, sin embargo, lo general es que les cueste al principio aceptar que otros hijos (ajenos) sigan viviendo mientras el propio murió, lo que desencadena preguntas sin respuesta y reclamos sin solución.

La visión religiosa tiene mucha importancia en este aspecto y varía mucho la situación si se trata de una persona de fe o si no es así. Pero en general, en tanto la persona acepte el hecho irremediable y aprenda a vivir su paternidad o maternidad de una forma que nunca esperó pero que no acepta modificaciones, podrá aceptar también que el destino de los demás es distinto y podrá, poco a poco, alegrarse con ello como lo hacía antes de sufrir su pérdida.

Poder desahogarse convenientemente y cuando le resulta necesario, puede ser una manera saludable de cumplir etapas y poder avanzar, aunque parezca que lo hace lentamente, hacia la recuperación y la curación de sus heridas.

martes, 15 de junio de 2010

¿Dónde encontrar consuelo?

Este es un tema grande como el mar, y esta relacionado con una infinidad de aspectos, como la cultura, las tradiciones familiares, las experiencias previas, la religión y el propio carácter.

Está por ejemplo el uso del "luto", es decir, vestirse de negro o combinaciones de negro, gris y blanco, por un tiempo determinado. Unos usan un mes otros 6 meses y los más radicales van hasta el año, aunque cada vez son menos. Para muchas personas esto no tiene mayor trascendencia y es un tema sin importancia, sin embargo para otros es algo de ley. Se cumple y punto, tal vez teniendo la idea de que de no hacerlo así se está ofendiendo la memoria del difunto, y por lo tanto encuentran un consuelo en ello, ya que están "honrando su recuerdo".

Otro aspecto es la visita al cementerio. En las grandes ciudades que tienen cementerios muy distantes, eso es una complicación, sin embargo en ciudades pequeñas es todavía una costumbre, casi un ritual, practicado por muchos. Generalmente es una visita mensual aunque hay quienes lo hacen los domingos o un día a la semana. Eso puede ir disminuyendo con el tiempo, y es natural que así sea, pero para un gran sector es una práctica muy consoladora.

En cuanto a los católicos, las misas in memoriam son también una forma de entregarle algo, de hacer algo por el ser amado que ya no está. A veces es una mensual, en el día que recuerda su muerte, y luego una vez al año, en esa fecha.

En todos los casos, creo que hoy por hoy nadie considera esto como una norma sino más bien como posibilidades que están al alcance, como una puerta abierta esperándonos para paliar nuestro dolor, aunque personas mayores aún se aferran a sus tradiciones.

Yo respeto las costumbres de la gente, pues más que una determinación son un poco el legado de nuestros padres que aceptamos sin mayor custionamiento. Sin embargo en mi caso sí he cuestionado muchas cosas y he determinado, junto a mi esposo, qué queríamos hacer y qué no, conscientes de por qué queríamos hacerlo.

El luto, en cuanto a la ropa, nunca ha sido algo que me interese, pues me parece que es más una forma de andar llamando la atención sobre nuestra condición, diciendo a nuestro paso "aquí va alguien que ha perdido a un ser querido". No me interesa eso y nunca lo hizo, así que no lo tomo como una imposición, excepto los días de velorio y entierro, como una forma de respeto al otro, más que nada. Sin embargo, cuando más hubiese querido hacerlo, no pude, pues acababa de dar a luz y sólo pude usar uno de mis vestidos de maternidad, el más oscuro, ya que nada más me entraba y no quise estar probándome cosas y fastidiando a otras personas por un tema tan intrascendente.

Sobre la visita a la tumba, para mi esposo y para mí si fue un consuelo muy grande, pues ir al cementerio se convirtió en un espacio de calma y silencio para pensar y llorar y dejarle unas flores como gesto de amor. Sabíamos que nuestra bebé no estaba ya ahí, pero nos consolaba pensar que nos veía dejando una flores en su tumba, además que así si nos topábamos con alguien sabíamos que eran personas que nos entendían, pues era un pabellón de niños, y todos habían pasado por experiencias similares a la nuestra. Eso realmente era un tanto consolador.

Mucha gente decide voltear la página y no volver más a la tumba, y los entiendo. Les resulta muy doloroso y prefieren superando dejando de pensar en ello. Tengo amigos que lo han hecho y se sienten mejor así.  Para nosotros fue diferente.Buscamos un contacto tan frecuente como fue posible hasta que dejó de ser una necesidad porque la herida estaba sanando. Creo que fue una terapia muy saludable y llena de amor. Así pasamos de la visita semanal, durante un año, a la quincenal, por más de nueve. Hoy hemos decidido ir una vez al mes y esperamos hacerlo, pero no como una obligación sino como un deseo. Nos da tristeza ver tumbas desatendidas, llenas de telas de araña y sucias, como si quienes murieron estuvieran olvidados del mundo, aunque no sea así.

Creo que existe otra vida, otro nivel de existencia, y que lo único que perdura es el amor. Sea cual sea la forma como lo podamos expresar y transmitir, creo que es válida, y será lo que traspase las fronteras, los límites y el tiempo. Sólo el amor. Y la idea es sobrevivir hasta que aprendamos a vivir de nuevo y que el dolor se transforme en un amor distinto, que nos mantenga unidos a través de una vida sin vernos, sin oírnos, sólo sintiendo al otro en el corazón.

lunes, 14 de junio de 2010

¿Quién se preocupa del padre tras la pérdida de un hijo?

Creo que usualmente la respuesta es sí, porque somos quienes tuvimos a ese ser en gestación y en las madres recae la mayor parte de la crianza, lo que conlleva una mayor carga de recuerdos, experiencias, momentos especiales, sin contar que las mujeres por naturaleza suelen ser (hay excepciones) más sensibles y sentimentales, con el aspecto emocional más desarrollado y libre.

Las mamás suelen sufrir la pérdida de una forma casi visceral, como si parte de su cuerpo se fuera de ellas. es natural, a mí me ha pasado y puedo dar fe. Creo que ya nunca fui la misma, me quedé sin una parte. Pero con lo que quedó pude volver a vivir y rehacer una vida que anhela la felicidad como todos, pero siempre ese espacio quedó como hueco...

Sin embargo no siempre es así. hay padres que no logran superar el hecho, más que la mamá misma. En el punto intermedio están los que sufren inmensamente pero dirigen sus fuerzas a apoyar a su esposa, lo que los hace esconder su pena y volverse duros para apoyar así a quien consideran requiere más apoyo. ¿Y alguien los apoya a ellos?

Es mi caso. Mi esposo fue un roble en el cual me sostuve para seguir levantándome cada día. Lo que necesitaba hacer de momento para pasar la pena, salir a caminar, llorar desconsolada, o simplemente no hablar, me lo dejó hacer. Hay una parte de mi vida de la que casi no tengo recuerdo, sólo sé que pude atravesarla sin lamentos ni prohibiciones de su parte, sólo un océano de comprensión y ternura.

Sin él no hubiera podido recuperarme y volver a vivir, y le agradezco por siempre por haber estado ahí para mí, pero me duele mucho saber que si con su invaluable ayuda pude superar las tremendas condiciones en la que quedé tras la pérdida de mi hija, no puedo decir lo mismo de él, pues no tuve la fuerza o la visión oportuna dela situación para ayudarlo como él necesitaba. Mi dolor era como un agujero negro que me absorbía, y me dejó ciega para lo que había a mi alrededor. Y ahí estaba él. Con todo su amor y su paciencia y sus deseos de que yo no enloqueciera. Pero para pasar su propia pena y superar su propio proceso no hubo nadie, así que se refugió en el trabajo de manera casi compulsiva e hizo lo que pudo.

El resultado es un hombre bueno, lleno de amor, pero también lleno de temas no atendidos en su momento, y con una parte de su ser emocional como tasajeada, mutilada, sin que parezca poder hacer ya nada por revertir el orden de las cosas. Sólo me queda agradecerle su amor pidiendo al cielo que poco a poco pueda curar esa herida que debe estar en el alma como la piel quemada, con una capa gruesa y retorcida que recuerda permanentemente lo que se sufrió, sin dejar espacio a piel nueva, más suave y flexible, que pueda adaptarse a la nueva vida de una forma más adecuada y saludable.

Nuestros hijos desean ver que sus padres dejan de sufrir. Debe ser tarea de ambos, unidos, pensando el uno en el otro y en sí mismos.

martes, 8 de junio de 2010

¿Cómo enfrentar la muerte de un hijo?

Para mí es muy difícil escribir un espacio así, pero después de más de diez años, creo estar en condiciones para hacerlo y tal vez pueda serle de utilidad a otras mujeres que como yo, tuvieron que aceptar lo que jamás soñaron: que su hijo o hija ya no estaría más en sus brazos.

Sobrevivir a eso es muy difícil, pero más lo es volver a vivir. Porque definitivamente no son la misma cosa.

He visto a personas que lo superaron, al menos en apariencia, con relativa facilidad, mientras que otras no lo superan jamás. Mi experiencia fue muy dura y luego del tiempo transcurrido veo que algunas cosas pude hacerlas mejor, para no causar más dolor a quienes amo, aunque en ese momento no parecía importante. Unos sobreviven y otros volvemos a vivir. Unos aprenden de lo vivido y otros parecen no haber cambiado en nada. ¿De qué depende? ¿Cuál es el secreto?

Es bueno empezar diciendo que no lo sé, si es que existe alguna receta infalible, pero creo que saber que otras personas pasaron por algo similar a lo que vives tú, ayuda. Y también ayuda que alguien pueda decirte qué hizo de bueno y qué hizo de malo, y tratar de que sea una luz en la oscuridad en la que a veces nos encontramos cuando todo lo que sentimos es tristeza y desolación.

Este espacio abre sus puertas esperando poder ayudar a quienes están en ese trance. Tal vez logre su cometido, tal vez pase desapercibido como tantos otros blogs. No lo sé. Sólo el mañana lo dirá.